martes, 29 de abril de 2014

Un mundo peor de Claudio Cerdán

 SINOPSIS
Roberto Cusac, expolicia reciclado a detective, alcoholizado y solitario, vive obsesionado por un caso que destrozó su carrera, su matrimonio y su alma: la desaparición de su hijo de 6 años, Jaime, al que nunca encontró. Ha repasado mil veces las pistas y siempre le llevan a ninguna parte. Cuando le encargan que busque a una chica desaparecida, sus heridas parecen reabrirse, pero un halo de esperanza y la sensación difusa de que el destino le brinda una segunda oportunidad avivan de nuevo su instinto para jugar una última partida a doble o nada… 

Con ese lenguaje directo que acaricia la soledad de sus protagonistas y desnuda sus almas, Claudio Cerdán nos ofrece una historia reflexiva sobre el abandono y la pérdida, una novela policiaca que ahonda sin miedo en el dolor y la imposibilidad del olvido. 


Me gusta la sensación de ver crecer a los escritores, y digo sensación porque algunas veces las novelas no se publican en el orden que han sido escritas, aunque al leerlas lo parezca, por eso digo la sensación (y que creo que no es el caso, pero por si acaso...)
Leí no hace mucho Cien años de perdón, la anterior publicación de Claudio Cerdán, novela que me dejó casi sin aliento por su dureza, que me creó un gran impacto y dónde conocí a su Inspector Ramos y al tener entre mis manos Un mundo peor, esperaba encontrarme un registro parecido a la anterior. Cuánto me equivoqué y de ahí mi alegría por ese continuar diferente, por eso no encasillarse, pero sin irse de rositas, pues nos encontramos dentro de una novela que en parte conocemos ya que alguno de los personajes y lugares son recurrentes en la prosa de Claudio. Me falta por leer El país de los ciegos, la primera de las novelas de Claudio, pero los que las han leído todas saben que el Inspector Ramos sale en las tres, que el local El Tugurio también, o un extraño tanatorio llamado El Salvador regentado por un farlopero, entre otras cosas. Me gusta ir viendo cómo crecen los personajes sin que las novelas estén dentro de una serie, pero sí de un mundo y ese sería el primer aplauso que recibiría Claudio y lo animaría a seguir jugando dentro del rico mundo que se ha construido.

«La ira maceraba por dentro, los demonios se despertaban y hacían planes alegres sobre matar y mutilar.»

Está claro que la realidad muchas veces supera la ficción. Pero también que la ficción bien escrita se hace creíble y casi real. Eso es lo que consigue Claudio con un tema duro, difícil, de esos que hemos visto mil veces por la pantalla del televisor y al que parecemos inmunizados, pero el buen hacer del escritor provoca que nos duela de nuevo, como si no tuviéramos nuestra vacuna visual.
¿Cuántos de nosotros no nos hemos puesto en el papel de ese padre, de esa madre que un buen día ve como su hijo/a ha desaparecido? ¿A cuántos no nos ha llegado el dolor de esa familia que sabe que con todo probabilidad su hijo está muerto y no tiene cuerpo que enterrar?

«Las lágrimas no tienen olor, pero cuando has pasado una larga temporada rodeado de ellas, terminas por intuir su aroma.»

Claudio explora esas preguntas y muchas otras que nos podemos hacer al respecto, pero lo hace con humildad, con respeto y sobre todo, ese punto me ha gustado mucho, con el tempo que el tema requiere y un in crescendo continuo para llegar a un buen final (de menos a más sin valles por el medio).

Quizás los que estén acostumbrados a mucha acción la encontraran a faltar. Yo reconozco que necesito no ya acción si no momentos que provoquen acción en mi cabeza al leer, y Un mundo peor lo ha conseguido con ese tempo calmado, con ese devenir de los acontecimiento pausado, sin grandes fuegos artificiales, con una continuidad atrayente, con ese saber que pasará en la próxima página.

«Los recuerdos son la ceniza, que a veces se las lleva el viento y otras termina desbordado el cenicero.»

Claudio hace reflexionar a sus personajes durante varios momentos de la novela, pero el que más me ha cautivado, el que más me ha llamado la atención por ese vacío, por ese desierto, por ese desgarro es el que quiero compartir con vosotros para cerrar este reseña:

«Un oyente llamó y dijo algo interesante. Tenemos términos para definir a un niño que ha perdido a sus padres, que son huérfanos. O para un marido a quién se le muere la esposa, como es el caso de la viudedad. Pero no hay una sola palabra referente a los padres que han perdido a sus hijos.
Se mantuvo el silencio. Inés parecía comprender.
No tenemos nombre. No hay una palabra que nos defina. Y eso hace que me sienta aún más solo.»

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